Para el psicólogo Stephen Karpman, en las relaciones humanas podemos caer -inconscientemente unas veces y otras muy a propósito- en lo que él llamó ‘El Triángulo Dramático’, una estrategia de manipulación en la que las personas (grupos, instituciones, e incluso, naciones) se reparten tres roles.


1. La víctima: no se hace responsable de sus desdichas, buscando que los demás hagan por ella lo que debería hacer por sí misma. Para conseguir su objetivo quiere ser el centro de atención y utiliza el sentimentalismo, la pena y el chantaje emocional. Su hecho traumático se convierte en su tarjeta de presentación.

2. El perseguidor: es siempre víctima de otros a los que culpa de sus males de manera que la imagen de sí mismo está siempre a salvo, él no tiene ningún problema y tiene razón en todo lo que dice y hace. Su herramienta es la acusación y el reproche hasta hacerte sentir culpable (está deseando buscar tu fallo para no ver el suyo) y atemorizado ante una nueva acusación.

3. El salvador: normalmente el bienintencionado que siente pena por los lamentos de la víctima y agobiado si no hace lo que le pide el perseguidor. Obtiene a cambio autovaloración pues al ayudar presupone que es quien está mejor.


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